Harmadillo: El Abrazo.

"Tantos siglos de civilización y no aprendimos a abrazarnos". Amado Nervo.

La Banda del Perjuicio

Espacio para nuestros queridos seres menores, unidos en esta banda como "perjuicios", para ir en contra de todo lo negativo para su buen crecimiento humano.

Aprender sin rueditas

Publicado el 17 de Agosto, 2006, 13:08. en La Banda del Perjuicio.
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Preocupados por obtener resultados y lograr "progresos" cuando enseñamos algo, padres y maestros tendemos a corregir cada error de los niños. Tomemos por ejemplo la enseñanza musical: "Te equivocaste de acorde: detente y vuelve a empezar"; "Esta vez debe salir perfecto."; "¿Qué fue eso? ... así no se hace."; etc, etc... Con indicaciones como éstas, solemos supervisar de manera muy estricta, argumentando que la música es una disciplina "de precisión".

Sin embargo, corregir cada error... puede ser un error en sí mismo! Al hacerlo, aumentamos la ansiedad, censuramos la espontaneidad e inhibimos la creatividad de quien aprende. Cuando un niño "teme" cometer errores, prefiere detenerse que equivocarse. Cuando cree que todo error es una "catástrofe", su miedo le conduce a la parálisis. Por tal motivo, nuestra forma de educar es determinante...

Esto no significa que debamos olvidarnos de la excelencia, o de desarrollar una buena técnica. Significa que podemos adoptar otra visión, acerca de cómo ayudar a un niño a lograr el "dominio" de una disciplina.

En música -como en otros aprendizajes- es muy importante la armonía entre el cuerpo y la mente. Si el cuerpo quiere hacer algo (moverse, tocar una nota, etc.) y el cerebro le dice "No", "Cuidado", "Detente"... la espontaneidad y la creatividad jamás podrán fluir. Así lo entendía un maestro de piano que tuve a los siete años:
Estaba tocando durante mi lección, cuando de repente, me equivoqué de tecla y se escuchó un sonido espantoso! Miré inmediatamente a mi maestro pero él -con expresión aprobadora- me hizo señas de continuar. Seguí tocando, pero yo no podía disimular mi malestar, ni "borrar" el error de mi mente. Estaba realmente tenso.

Al finalizar la pieza, mi maestro me miró y me dijo: "Si cometiste un error, disfrútalo!" "Tenlo muy presente, ríete de él, repítelo si es necesario... pero no lo ignores, ni lo entierres, ni lo olvides. Déjalo vivir..."

Sus palabras me desconcertaron. Sin embargo -por alguna razón- ese consejo me despertó una sonrisa, aflojó mis manos y mis hombros y me hizo sentir mejor. Cuando volví a tocar la pieza, ya no pensaba más en mi error anterior y, en cambio, disfrutaba cada nota...
Años más tarde, comprendería esta lección en toda su profundidad. Cuando me pidió que experimentara el error -en lugar de temerlo o ignorarlo- estaba dándole "permiso" a mi creatividad y espontaneidad para fluir. Aquella mañana, además de enseñarme a tocar el piano, mi maestro me enseñó a:

- relajar mi ego
- disfrutar físicamente aquello que hacía
- buscar entender cada resultado sin juzgarlo
- no temer, ni dudar
- ser espontáneo

A los adultos nos resulta casi imposible pensar en "disfrutar" nuestros errores... pero los niños lo hacen todo el tiempo! Durante su crecimiento, comenten todos los errores imaginables: se caen torpemente, se llevan objetos a la nariz, pronuncian mal las palabras, etc... Sin embargo, su actitud es ejemplar: concentrada, persistente, entusiasta. No sienten culpa ni vergüenza cuando se equivocan, sino que se fascinan y se sorprenden con los resultados de sus intentos: "...así se siente llevarse puré a los ojos!" ; "...esto es lo que consigo cuando no pido ir al baño!" . Los niños incorporan el error a su proceso de aprendizaje y lo disfrutan.

Disfrutar un error es parte de la espontaneidad del aprendizaje. Desde luego, hay errores que ocurren producto de la negligencia, la falta de concentración, o la desmotivación. Pero si estamos comprometidos con nuestro aprendizaje y el error sucede de todos modos, se trata de un error honesto y necesario. No ocurre por descuido, sino porque nuestro cuerpo -antes que nuestra mente- asume que está aprendiendo y se deja llevar por el proceso. Estos errores no sólo son naturales, sino útiles. Contienen mucha información sobre nuestro proceso de aprendizaje, nos muestran con una claridad inmediata aquello que hacemos y aquello que necesitamos hacer. Tanto si somos aprendices como educadores, los errores son una excelente herramienta de retroalimentación.

Recordemos cuando aprendimos a montar una bicicleta. Tras lograr el equilibrio, nuestros padres quitaron las rueditas de apoyo, nos soltaron y comenzamos a pedalear solos... cada vez más rápido. Todo iba perfectamente, hasta que en una esquina maniobramos para doblar y nos caímos al piso. A través de este error, aprendimos que existe una relación entre la velocidad y la habilidad para controlar un giro. Recién cuando caímos al piso, entendimos esa relación. Desde luego, la caída podría haberse evitado: si nuestros padres no quitaban las rueditas de apoyo, hubiésemos seguido con total seguridad...

Muchas veces, no "quitamos las rueditas" del aprendizaje, para evitar que los niños cometan errores. Pero hay ocasiones, en que ellos necesitan experimentar lo incorrecto... para entender lo correcto.

Padres y maestros, deberíamos dar a los niños la libertad para cometer sus propios errores, vivirlos con naturalidad... y hasta disfrutarlos! Si hacen algo mal, siempre cabe la posibilidad de que lo hagan mejor en el próximo intento. Pero si no permitimos que se equivoquen -y hacemos que se asusten de sus errores- nunca se atreverán a hacer nada solos. Tengamos esto muy presente y -al educarles- ayudémosles a aprender... sin rueditas.

Miedo al éxito

Publicado el 11 de Agosto, 2006, 22:01. en La Banda del Perjuicio.
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La mayoría de nosotros hemos aprendido que el fracaso es algo negativo. Por el contrario, aprendimos que el éxito es algo positivo y que conviene esforzarnos por alcanzarlo. Por lo tanto, es natural temerle al fracaso y desear el éxito.

Sin embargo, el éxito puede ser tan temible -o más- que el fracaso. Constantemente, vemos personas que desperdician intencionalmente la oportunidad de alcanzar sus metas, que escatiman esfuerzos para lograr un valioso objetivo o que, cuando están a punto de conquistar una posición deseada, se echan atrás. Estas conductas -aparentemente irracionales- pueden ser consecuencia de un temor al éxito.

El miedo al éxito puede manifestarse de muchas maneras, entre otras como:
- miedo a que el esfuerzo sea demasiado
- miedo a no ser capaces de manejar la responsabilidad del éxito
- temor de no merecer las buenas cosas y el reconocimiento, que llegan como resultado del éxito
- miedo a cometer errores y a perder la posición alcanzada
- miedo a no poder sostener el progreso
- miedo a que alguien mejor nos desplace
- miedo a tener mucho más para perder
- temor a descubrir que el resultado alcanzado no era el deseado
- temor a perder el interés y el compromiso
Estos miedos tienen serios efectos. Como consecuencia de ellos, algunas personas se involucran en conductas auto-destructivas; otras enfrentan dificultades para tomar decisiones, o resolver problemas; hay quienes pierden la motivación para crecer y progresar, mientras otros experimentan sentimientos de culpa, confusión y ansiedad. En los peores casos, el temor al éxito conduce al auto-sabotaje: la persona termina eligiendo exactamente lo opuesto de aquello que necesita para alcanzar sus metas.

Para evitar estos miedos, es preciso identificar sus causas. Una de las principales es la falta de solidez en los propósitos.

Cuando construimos una casa, lo primero que levantamos son los cimientos. Estas bases soportan un determinado tipo de edificación: por ejemplo, una propiedad de dos plantas. Si, luego de levantar esos cimientos, decidimos hacer un edificio de veinte pisos, las bases no servirán. De la misma manera, nuestro éxito necesita de una base sólida. Si nuestro propósito no es sólido (es decir, si los "cimientos" no resisten), un eventual éxito se desmoronará.

El éxito nos da temor cuando lo construimos sobre los cimientos equivocados y le damos un peso que las bases no pueden tolerar. Por ejemplo, cuando queremos tener éxito para demostrar algo a alguien: "Ya verá mi padre lo que soy capaz de hacer"; "Les daré una lección a todos aquellos que me decían que nunca lograría nada"; "Cuando sea exitoso, no necesitaré nada de ellos", etc... Muchos aspiran al éxito para cumplir las expectativas de otras personas (padres, jefes, amigos, etc...), o para competir con otros. Cuando el propósito es ganar la aprobación, el reconocimiento, o la aceptación de los demás, nos estamos apoyando en una base demasiado débil.

Asimismo, solemos perseguir el éxito porque pensamos que nos da poder. Tendemos a creer que tener éxito significa ser más inteligentes, habilidosos, o capaces que los demás. O, buscamos triunfar como pretensión de reivindicación: "Ahora que tengo éxito, podré borrar mis errores." El éxito no borra nada, sólo el perdón (nuestro y de los demás). El éxito no logra ninguna de esas cosas: no nos hace más inteligentes, no nos valida ante los demás, ni nos reivindica.

Cuando asociamos el éxito a estas motivaciones externas, se vuelve temible, porque nos hace dependientes. A su vez, se vuelve demasiado pesado, porque lo convertimos en un fin, en lugar de utilizarlo como medio. Al ser débiles las bases que sostienen el éxito, es comprensible sentir miedo ante él. Para que el éxito no pese -ni asuste- es preciso apoyarlo sobre bases sólidas. Estas sólo pueden construirse con firmes creencias y motivaciones que nacen de nuestro interior.

Si bien es muy deseable por la mayoría, el éxito no es algo sencillo, ni "liviano". Exige mucha reflexión y preparación. Lo fundamental para superar nuestras inseguridades frente a él, es saber quiénes somos, qué queremos realmente y qué somos capaces de lograr.

Desde otro lugar

Publicado el 25 de Abril, 2006, 17:44. en La Banda del Perjuicio.
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La globalización de la economía ha contribuido a que exista una alta movilidad laboral. Cada vez más personas se radican en otro lugar para ampliar su horizonte profesional, o para obtener nuevas oportunidades.

Pero vivir en otro país, es una de las transiciones más complejas y difíciles para una persona: además de instalarse en un nuevo lugar, debe enfrentar una nueva carrera, acomodar a la familia, aprender un lenguaje, construir una vida social, incorporar nuevas costumbres, etc... Toda persona que se va a vivir a otro país, experimenta una situación que suele denominarse "choque cultural". Cada quien vive esta experiencia a su manera, pero todos la "sufren" desde que descienden del avión.

Para adaptarnos a un nuevo ambiente cultural, necesitamos atravesar un "proceso de ajuste cultural". Podemos dividir este proceso en cuatro grandes etapas:

Entusiasmo: es frecuente llegar a un nuevo país con grandes expectativas y una mentalidad positiva. Al comienzo, todo resulta emocionante e intrigante. Nos sentimos impresionados por las cosas nuevas que vemos y estamos convencidos de que ésta es una oportunidad personal y profesional extraordinaria. Como en una luna de miel, la promesa de iniciar una nueva vida aparece colmada de esperanza y felicidad.

Incomodidad: gradualmente, pasamos a advertir más las diferencias que las similitudes entre nuestra cultura y la nueva. Una de las primeras sensaciones es la pérdida de independencia: nos sentimos como un niño porque debemos pedir ayuda para todo. Estas limitaciones se manifiestan todo el tiempo y resultan irritantes. Hasta las pequeñas dificultades cotidianas se convierten en catástrofes. Además, extrañamos la familia, los amigos, la comida, las costumbres, etc... Todo ello hace que ésta sea una etapa de gran confusión y soledad.

Recuperación: una vez que comenzamos a orientarnos y somos capaces de interpretar algunas de las "sutilezas" de la cultura local, todo nos resulta más familiar. Nos sentimos más cómodos y menos aislados. Poco a poco, recuperamos el sentido del humor, la motivación, la confianza y la esperanza. Como resultado, empezamos a concentrarnos más en aquello que ganamos con la nueva experiencia, que en aquello que perdemos.

Integración: la recuperación definitiva se produce cuando descubrimos que podemos vivir en diferentes culturas con seguridad. Adquirimos muchas costumbres, expresiones y actitudes de la nueva cultura, que incluso llegaremos a extrañar si regresamos a nuestro país.

Estas fases son muy comunes y conocerlas contribuye a reducir el estrés, a proteger la autoestima y a ser más productivos en el nuevo entorno. No asumir -ni enfrentar- el impacto cultural puede ocasionarnos muchos problemas: puede afectar nuestra vida familiar, nuestro estado anímico, nuestro rendimiento laboral y nuestras metas.

Las siguientes, son algunas recomendaciones para atenuar el estrés que causa el impacto cultural:

Investigar el destino: ¿cuáles son las costumbres y el lenguaje de este país? ¿Dónde están las escuelas, las tiendas, los lugares de esparcimiento? ¿Se necesita documentación legal -o impositiva- especial? ¿Cómo se adaptará nuestra familia? Para obtener esta información, podemos investigar en Internet, visitar la embajada local del país, consultar con un agente de viajes, o hablar con otras personas que hayan vivido allí. Saber todo lo posible sobre la nueva cultura, ayuda a entender aquello que resulta difícil, confuso, o amenazante y contribuye a desarrollar una actitud positiva.

Establecer metas: antes de viajar, es conveniente fijar metas que sean importantes para nosotros. Escribirlas en un diario es un buen recurso para repasarlas cada vez que nos sintamos desanimados, o desesperados. Además, crear pequeñas metas en el nuevo entorno -cosas para hacer día a día- nos ayudará a integrarnos a la nueva cultura.

Comunicarse prudentemente: es muy común dar por hecho que nuestra forma de ser amables, gentiles, groseros, distantes, o amigables, debe ser entendida por todos. Pero esta regla pierde validez cuando cruzamos la frontera. Muchos de los significados compartidos en nuestra cultura, no serán entendidos en el nuevo ambiente. De manera similar, tampoco nosotros captaremos las sutilezas de la comunicación de otro lugar. Por lo tanto, es necesario aprender a escuchar profundamente a todos y ser claros en aquello que pedimos, u ofrecemos. También, es preciso interpretar los gestos, las expresiones y el lenguaje corporal de las personas oriundas del lugar.

Abrirse a los demás: confiar en los demás y preguntarles acerca de su forma de vida, ayuda a comprenderles y evita hacer observaciones críticas apresuradas. Es preciso conectarse con otras personas, porque el sentimiento de aislamiento es la peor amenaza para un extranjero. Una posibilidad es identificar a un "anfitrión" de nuestro país -un vecino, un compañero de trabajo, etc.- que sea amable y esté dispuesto a hablar acerca de sus vivencias y de la manera en que se adaptó al lugar. Tan pronto como podamos, procuremos crear una fuerte comunidad y fortalecer las relaciones con las personas que vayamos conociendo.

Mantenerse saludable:
realizar ejercicios, alimentarse bien y dormir suficiente cantidad de horas, ayuda a combatir los síntomas físicos de la adaptación cultural. También es importante mantener el humor, porque en situaciones difíciles -o poco familiares- es mejor pensar positivamente, que quejarse todo el tiempo.

Mirar hacia adelante: cuando alguien se radica en otro país, es muy frecuente que recuerde en todo momento "aquellos buenos tiempos" y se encierre en el pasado. Pero es más saludable concentrarse en el presente y en las metas futuras. Ello ayuda a suavizar el impacto cultural.

Tener paciencia: experimentar un "choque" cultural es normal y -como toda transición- resulta difícil.

Finalmente, una condición fundamental para adaptarse a una nueva cultura es mirar más allá de la "fachada" de las personas (su aspecto físico, su vestimenta, su forma de hablar, etc...) y aprender a entender sus actitudes. Si logramos esto, descubriremos que todo el mundo comparte las mismas emociones y necesidades humanas, sólo que las expresa de manera diferente. Cuando se vive en otro país, los estereotipos son más peligrosos que nunca.

Conocer otra cultura es una experiencia enriquecedora, que no sólo contribuye a entender a los demás. A un nivel más profundo, vivir en otro país, aumenta nuestra habilidad para vernos a nosotros mismos -y a nuestras vidas-... desde otro lugar.

Imágenes para pensar

Publicado el 21 de Marzo, 2006, 17:23. en La Banda del Perjuicio.
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A comienzos del año, decidí hacer algo diferente con mis alumnos de dibujo: los llevé a una muestra de arte en un museo local. Allí, nos detuvimos frente a un cuadro y pedí a los niños que comentaran su impresión sobre aquella pintura. El cuadro presentaba un paisaje, con detalles difusos y texturas y colores muy suaves. En el cielo, se veía un rayo de luz colándose entre las nubes. ¿Qué ven en la pintura?, pregunté al grupo.
- Un bosque, respondió alguien.
- ¿Cómo sabes que es un bosque?, pregunté nuevamente.
- Porque veo muchos árboles y un valle, justificó ese niño.
- El sol se esconde de un lado del valle y sale del otro, agregó uno de ellos.
- Parece como si lloviera, o estuviera a punto de llover, afirmó otro.
Luego se sumaron algunos más, quienes opinaron que el cuadro representaba un día cálido de verano, mientras otros se inclinaban por pensar que era invierno. Finalmente, uno de los niños descartó completamente el invierno porque -según argumentó- "los árboles tienen muchas hojas."

Y así, continuamos "conversando" sobre aquel cuadro durante toda la hora.
Mirábamos juntos la pintura, no como un docente explicándola a sus alumnos, sino como un grupo de personas aprendiendo a observar una obra de arte y a comprender su significado.
Si bien aquella clase no tuvo una consigna explícita, la propuesta tácita fue "miren y piensen."

Desde luego, la visita al museo no constituía una revolución pedagógica. Después de todo, no era la primera -ni la última- profesora en hacerlo. Lo verdaderamente sorprendente, fue el resultado de aquella visita...

Sin saberlo, mientras miraban y opinaban sobre el cuadro, los alumnos estaban practicando tres capacidades de vital importancia para su vida:

- el pensamiento abstracto
- el compromiso con la tarea
- la creatividad

El pensamiento abstracto corresponde al uso del razonamiento espacial, verbal y numérico. Involucra a la memoria, al vocabulario y aplica los conocimientos a la resolución de una tarea. El compromiso con la tarea se refiere al interés y entusiasmo que colocamos en ella y que nos determina a realizarla. La creatividad es la habilidad de ser flexibles y originales en nuestro enfoque de la tarea, abrirnos a nuevas ideas y ser capaces de asociarlas a otras.

En este proyecto, los estudiantes experimentaron el pensamiento abstracto (al traducir las imágenes en palabras), el compromiso con la tarea (ya que todos trabajaron intensa y dedicadamente en la observación e interpretación del cuadro) y la creatividad, demostrada en las diversas formas en que los niños describieron las experiencias visuales vividas frente al cuadro.

Durante la visita al museo, los niños incorporaron vocabulario, información técnica, datos históricos y otros conocimientos. Además, aprendieron un poco más sobre cómo observar imágenes, analizar significados y expresar opiniones. Aquella visita fue, más que una clase de arte, una ejercitación integral del pensamiento.

Organicé esta actividad porque creo que las imágenes -que hemos almacenado como referencia- son una base importante de la comprensión. Se sabe que, sin la experimentación sensorial de los colores, es muy difícil comprender la frase "oscura como la noche."

Para interpretar un concepto o entender una idea, evocamos las imágenes que albergamos en nuestra mente. Esto es especialmente cierto en el caso de los términos complejos o abstractos. Tomemos por ejemplo la palabra "éxito". De acuerdo a las imágenes que tenga cada persona almacenada en su mente, "éxito" significará un auto de lujo, una familia feliz, un reconocimiento profesional; etc; etc...

Enseñar a pensar es el mayor desafío de un maestro. Como cuesta mucho hacerlo desde la teoría, necesitamos encontrar formas más prácticas de lograrlo. Sin duda, las imágenes son un recurso pedagógico... para pensar!

Buscando escuela

Publicado el 13 de Marzo, 2006, 15:30. en La Banda del Perjuicio.
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La educación de nuestros hijos comienza mucho antes del primer día de clases: la elección de la escuela a la que asistirán es una de las primeras decisiones clave. Instintivamente, deseamos que reciban la mejor educación y queremos protegerlos de las presiones y tensiones que experimentamos a esa edad.

Esta decisión requiere tiempo y dedicación porque se trata -ni más, ni menos- que del futuro de nuestros hijos. Ser conscientes de esto, nos prevendrá de elegir un colegio porque queda camino al trabajo, o porque a él asisten los hijos de nuestros amigos. Un niño puede pasar allí hasta catorce años de su vida... demasiado tiempo para invertir en el lugar incorrecto!

Elegir una escuela es una decisión compleja que involucra al niño, a la familia y a la escuela. Antes de hacerlo, conviene considerar los siguientes factores:

El niño: es preciso analizar la personalidad de nuestro hijo, su estilo de aprendizaje y su grado de sociabilidad. Este niño, ¿necesita una estructura que lo contenga? ¿O elegiría un ambiente menos rígido? ¿Se siente más cómodo en grupos grandes, o pequeños? ¿Tiene un interés especial, por ejemplo en deportes, arte, o ciencia? Si bien nuestro hijo es muy pequeño (la escolaridad comienza a los 4 o 5 años) podemos intuir estas inclinaciones, a partir de sus juegos y temas de conversación.

Lo primero que debemos hacer es involucrar al niño en el proceso comentándole por qué estamos eligiendo una escuela, lo importante que será para él, las cosas que aprenderá allí, etc... El entusiasmo y la expectativa que le generemos es una parte importante de su preparación para el comienzo de clases. Aunque seamos nosotros quienes -en definitiva- tomemos la decisión, ésta no será efectiva a menos que nuestro hijo se sienta cómodo y entusiasmado con la elección.


La familia:
además de los valores y creencias de la familia, también hay que tomar en cuenta cuestiones más prácticas como por ejemplo: ¿Podremos afrontar la matrícula de una escuela privada, o le enviaremos a una escuela estatal? En caso de que trabajemos muchas horas, tal vez debamos considerar una escuela con régimen de doble turno. Además, si el colegio no queda cerca de casa, ¿podremos llevarlo hasta allí, o necesitaremos contratar un transporte especial? ¿Precisamos que alguien cuide del niño, antes o después de clases? Nuestro hijo, ¿tiene necesidades físicas, emocionales o intelectuales que requieran atención especial?

La escuela: este es el factor con más variables a considerar. No alcanza con mirar un folleto, llamar por teléfono, o escuchar referencias... hay que visitar la escuela para conocerla! Incluso, será preciso ir dos veces: una solos y otra con nuestro hijo. Es fundamental reunir información sobre cada uno de los siguientes aspectos:

Filosofía: podemos pedir a las autoridades un enunciado de misión (o de valores) para averiguar cuáles son las creencias de la institución y sus paradigmas pedagógicos.

Enfoque instruccional: hay padres que prefieren una escuela con estructura y estándares establecidos, mientras otros se inclinan por un entorno de más libertad y orientado al auto-aprendizaje. En este punto también entran en consideración las políticas de disciplina, de calificación, de trabajos de campo y de tareas en el hogar.

Instalaciones:
si bien un edificio moderno no garantiza la calidad de la educación, es importante que la escuela esté equipada -mínimamente- con una biblioteca, un patio, servicio de comedor, auditorio para actos, enfermería, una sala de computación y un gimnasio, además de aulas y sanitarios en condiciones.

Personal: conviene que la institución cuente con bibliotecarios, una trabajadora social, enfermera o médico y un psicopedagogo, aparte del personal docente y administrativo. También es recomendable conocer las calificaciones y antecedentes de los maestros y sus índices de rotación y ausentismo, así como el porcentaje de transferencia de alumnos a otros establecimientos. Por último, se recomienda preguntar por el tamaño promedio de una clase, para saber cuántos niños tiene asignados cada maestro.

Reputación: preguntemos a nuestros amigos, vecinos y a otros padres y docentes acerca de la reputación de la escuela. Hay colegios con "fama" de exigentes que tal vez no se adapten a nuestro hijo, u otros conocidos por su elitismo o rigidez. Si buscamos un colegio secundario, averigüemos el porcentaje de alumnos que continúa sus estudios en la universidad.

Seguridad: en caso de producirse una emergencia, ¿cómo notifica la escuela a los padres? ¿Cómo se evita que los niños salgan de la escuela? ¿Qué garantías ofrece la escuela en este sentido? Las instalaciones, ¿son seguras? Hay escuelas cuyos patios dan a la calle, donde los niños pueden tener contacto con extraños.

Plan de estudios:
la escuela, ¿coloca más énfasis en literatura y humanidades, o en ciencias y matemáticas? ¿Ofrece un segundo idioma? ¿Incluye formación religiosa? ¿Cada cuánto tiempo se actualizan los programas y materiales de estudio?

Participación de la familia y la comunidad:
las escuelas más preocupadas por la excelencia, generan diversas instancias de involucramiento de los padres. ¿Cómo y con qué frecuencia se comunica la escuela con los padres? ¿Tiene un boletín interno? ¿Qué información se incluye en la libreta de calificaciones? Preguntemos si se estrechan vínculos frecuentes con empresas locales, dependencias del gobierno o instituciones de la ciudad.

Interacciones interpersonales: observemos cuidadosamente la conducta y la actitud de los docentes y de los alumnos en sus interacciones. En una clase, ¿el docente permanece siempre en el frente, o se acerca e interactúa con los niños? ¿Controla la disciplina y la atención sin necesidad de gritos o amenazas? ¿Se dirige a los niños en forma amistosa, respetuosa y tolerante? Los alumnos, ¿participan de la clase? ¿Cooperan entre ellos? El personal directivo, ¿cómo trata a los maestros y al personal administrativo o de maestranza?

Cuando los padres estamos activamente involucrados en la educación de nuestros hijos, ellos se sienten más cómodos en la escuela y la ven como una extensión de los valores de su hogar. Debemos recordar que la educación no es responsabilidad exclusiva de los maestros. Si estamos buscando escuela, tomémonos nuestro tiempo y elijámosla con criterio y mucha inteligencia!

Educación gastronómica

Publicado el 9 de Marzo, 2006, 9:33. en La Banda del Perjuicio.
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Todo cambio en la sociedad repercute en la familia (ambos padres trabajan; el ritmo de vida se acelera; disminuyen los costos de la comida elaborada, etc...) y esto, a su vez, impacta en la alimentación de los niños. Las comidas caseras son, poco a poco, sustituidas por otras con sabores y aromas artificiales. Esta nueva dieta, si bien logra saciar el apetito, no siempre cubre adecuadamente los requerimientos del crecimiento.

Todos queremos complacer a nuestros hijos. Como el trabajo nos obliga a pasar mucho tiempo fuera de casa, sentimos la necesidad de acceder a sus demandas. Pero cuidado! Satisfacer sus antojos en materia de comidas puede ser un arma de doble filo: les pondrá contentos, pero afectará su salud en el largo plazo. La alimentación de los primeros años afecta la vida adulta. No cuidar la cantidad -y calidad- de la comida que ingieren los niños, aumenta el riesgo de enfermedades futuras, como la obesidad, la diabetes y los trastornos cardiovasculares.

A la hora de transmitir buenos hábitos, enseñar a comer es una de las tareas más complejas de los padres. Pero no hay que ser un "gourmet" para hacerlo. Los siguientes consejos prácticos, le serán más que suficientes:
- No hable de alimentos buenos y alimentos malos con sus hijos. Enseñe que existen dietas buenas y dietas malas. Suprimir por completo los alimentos "chatarra" no es recomendable. Si la alimentación general del niño es sana, comer cada tanto una hamburguesa no le hará daño.

- Muestre variedad de alimentos y estimule a probarlos. Si sus hijos lo rechazan, vuelva a intentarlo de otra manera. Conviene tener disponibles alimentos alternativos. Presente un alimento nuevo junto a otros ya conocidos. Varíe también los colores, la preparación y presentación de los platos. Cambie la estructura de las comidas: por ejemplo, sirva los cereales, las hortalizas y las frutas como alimentos principales y las carnes sólo como acompañamiento.

- Evite discusiones durante las comidas: ingerir los alimentos en un ambiente distendido, es parte de una buena educación gastronómica.

- Explique que hay alimentos que ayudan a crecer fuerte, a tener éxito en los deportes y a ser más inteligente. Hacer imposiciones del tipo "no vas a dejar la mesa hasta que hayas comido todo", o prometer recompensas como "tendrás postre si te tomas la sopa" no es una buena medida.

Por último, recuerde tres reglas esenciales:

- Equilibrio: existen varios grupos alimentarios -como los cereales, la fruta, los vegetales, la carne, el pescado y los lácteos-. Procure que sus hijos coman algo de cada grupo, al menos tres o cuatro veces por semana.

- Variedad: si piensa en las frutas, es importante no comer de un único tipo. Y lo mismo se aplica a los vegetales. Tenga en cuenta el color: si un niño come frutas y vegetales de diferentes colores -verde, amarillo, anaranjado, blanco-, cubrirá casi todos los nutrientes que necesita.

- Moderación: ni tanto ni tan poco.
Cuidar la alimentación de los niños es fundamental. Entonces... ¿por qué creemos que es muy complicado? Si lo pensamos, la comida casera también puede ser "rápida": la mayoría de las comidas son muy simples y se preparan en menos de media hora. ¿No es acaso el tiempo que demora el servicio de entregas a domicilio?

El aprendizaje de los hábitos alimenticios se produce mayormente en la infancia y por imitación de los adultos: los niños aprenden a comer de aquello que ven en sus padres. Hacer de la educación gastronómica nuestra responsabilidad permitirá que, desde muy pequeños, nuestros hijos aprendan a elegir sus alimentos. Recuerde: en el futuro, deberán hacerlo por sí mismos...

Ritmo creativo

Publicado el 2 de Marzo, 2006, 3:35. en La Banda del Perjuicio.
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Al comenzar un proyecto, tenemos muchísimas cosas para pensar y hacer... y todo suele presentarse en nuestra mente de manera desordenada!

Sin embargo podemos ver más ordenadamente al proceso creativo, si lo consideramos un proceso rítmico que alterna entre diferentes actividades (de hemisferio cerebral derecho o izquierdo). Analicemos sus fases...
Primera percepción: La pregunta clave que nos hacemos es: "¿Qué deseo crear?" Así aparece un desafío en el contexto de nuestra vida profesional, o personal. Nuestra respuesta es ampliamente una actividad de hemisferio derecho. Observamos al desafío en su conjunto y luego determinamos lo que sabemos de él (y la información que podría estar faltándonos). Este tipo de pensamiento puede ser realizado en un momento de reposo, o haciendo cualquier otra actividad que no demande gran concentración.

Saturación: Es aquí donde la información es compartimentada, categorizada, analizada. Esta es una fase ampliamente consciente y sus actividades son tipificadas como de hemisferio izquierdo. Muy pocos proyectos pueden realizarse en esta fase. Usted puede, por ejemplo, estar llevando adelante una estrategia de marketing para su negocio: y, mientras lucha con los detalles del proyecto, la información sigue llegando... Usted ordena y clasifica todo lo que puede con su cerebro izquierdo, pero llega un momento en que se satura! Ante esto, se ve tentado de relegar su proyecto por no considerarlo "urgente". Es justo aquí donde necesita la "magia" de su hemisferio derecho: es tiempo de pasar a la siguiente fase.

Incubación: Una vez que se haya -literalmente- saturado de datos, su mente consciente golpeará un muro. Es hora de volver a una actividad de hemisferio derecho. La mejor cosa que podemos hacer es dejar a un lado el proyecto y evitar pensar en él. Esto puede tardar mucho o poco, dependiendo del alcance del desafío. A menudo fracasamos con proyectos complejos y a largo plazo (aunque signifiquen mucho para nosotros) porque sentimos que no podemos con ellos. La fase de saturación lleva mucho tiempo y esfuerzo y, una vez que el proyecto alcanza cierta magnitud, necesita ser puesto en incubación. Ser conscientes de esto, puede liberarnos de la angustia o la insatisfacción... hasta que volvamos a danzar con nuestros sueños!

Iluminación: Esta fase está intimamente ligada con la anterior y no puede ser forzada, a pesar de que usted quiera hacerlo. El famoso "Eureka!" (o el más familiar "¡Ajá!") sólo es posible luego de un período de incubación. Deje que su cerebro derecho sintetice toda la información recolectada y produzca los mejores resultados. Mientras tanto, aproveche para realizar las actividades que habitualmente relega.

Implementación: La mayoría de nosotros estamos muy cómodos en esta fase, porque nos sentimos nuevamente "en control" de la situación, y (por fin!) estamos "haciendo algo". Los proyectos que estaban en incubación, comienzan a desarrolarse cuando implementamos las ideas concretas que surgieron en la fase de iluminación.
Esto -por supuesto- no es un modelo lineal, sino que las fases del proceso creativo forman un ciclo que se repite una y otra vez. Cuando usted comience a estructurar su trabajo, de acuerdo con este ritmo, se encontrará:
  • Afinando su propia creatividad.
  • Manejando múltiples proyectos.
  • Produciendo más y mejores resultados.
  • Obteniendo más con menos esfuerzo.
Muchas veces, las ideas concretas necesitan de un amplio tiempo inactivo para "madurar". Por eso, no se desaliente ante sus proyectos. En cambio, comience por escribirlos en una agenda o cuaderno. En el papel, represente su "mapa" de actividades y recuerde alinearlas con el proceso creativo. Al hacerlo, estará llevando adelante los proyectos con su propio... ritmo creativo!

La terapia del refrigerador

Publicado el 21 de Febrero, 2006, 17:28. en La Banda del Perjuicio.
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De niños, nuestros padres muchas veces nos recompensaban con golosinas, si nos portábamos bien. O, si llorábamos o nos sentíamos mal, nos compraban un helado, o un chocolate. Es muy común que los padres den algo de comer a sus hijos para tranquilizarlos, alegrarlos, o premiarlos.

Sin saberlo ni desearlo, estos padres están utilizando la "terapia del refrigerador", que consiste en enfrentar un estado emocional con comida.

Muchos de estos niños, cuando crecen y se convierten en adultos, continúan practicando esta terapia para gratificarse, levantar el ánimo, o calmarse ante una situación de estrés. Cuando llegan cansados del trabajo, tuvieron un "mal día", o se sienten deprimidos o ansiosos por algo, lo primero que hacen es abrir el refrigerador y buscar algo para comer.

Ante un estado emocional negativo o inestable, muchas personas encuentran alivio -o distracción- en la comida. Por ejemplo, alguien se siente aburrido y -de repente- recuerda que tiene un pote de helado en el refrigerador. Comienza a pensar en ese helado, con lo cual atenúa la sensación de aburrimiento. Luego, toma el helado y lo come y así combate el aburrimiento. Tanto comer como pensar en comer, suele ser usado como un mecanismo de defensa ante una emoción intensa, indeseable, o incómoda.

Cuando alguien come como respuesta a una emoción y no a una sensación real de hambre, está confundiendo el apetito físico con el apetito emocional. A pesar de parecer similares, existen muchas diferencias entre ambos. Mientras el apetito físico es gradual (progresivamente se siente que es hora de comer) el emocional es repentino (sobreviene un "ataque de hambre" de un minuto a otro). A su vez, el apetito físico está abierto a diferentes alimentos (se calma con un plato de pastas, o con uno de arroz). En cambio, el apetito emocional apunta a una comida específica y no se sacía con ninguna otra: por ejemplo, se siente "hambre de torta". Otra diferencia importante es que el apetito físico es paciente (admite una espera), mientras que el emocional es urgente (impulsa a correr a buscar eso que se desea comer). Por último, quien siente hambre a nivel del estómago, se detiene cuando está satisfecho, pero cuando el apetito se experimenta a nivel mental, la persona no se detiene hasta que no se acaba la comida e -incluso- suele buscar más.

Comer sin tener hambre puede parecernos irracional, pero es un hábito muy común y -a corto plazo- efectivo: la comida provee alivio y gratificación inmediatos. Esto se debe a que algunos alimentos -especialmente aquellos sabrosos y "tentadores"- contienen mucha serotonina (sustancia química que influye en el estado emocional). Cuando se ingieren galletitas, tortas, chocolates, quesos, fiambres, pastas, o helados, aumenta notablemente el nivel de serotonina en el cerebro y esto impacta favorablemente en el estado de ánimo de una persona. Algunos estudios también indican que los alimentos dulces y grasos tienen efectos sedativos, por lo que ayudarían a calmar la ansiedad.

Pero la comida ofrece un remedio temporario. Si una persona come para sentirse menos deprimida, sola, ansiosa o aburrida, compensará temporalmente estas emociones, pero luego de comer es posible que experimente otras tan indeseables como las originales, como la culpa, la vergüenza, o una baja autoestima.

A estas consecuencias emocionales, se suman consecuencias físicas. Comer cuando el cuerpo no necesita más energía, hace que las calorías adicionales se acumulen como grasas y la persona aumente de peso y ponga en riesgo su salud. Los nutricionistas calculan que un 75% de los pacientes con sobrepeso, han llegado a esa situación debido a problemas emocionales.

La "terapia del refrigerador" es una de las principales responsables de la deserción frente a las dietas y de las dificultades que experimentan muchas personas para adelgazar. No siempre cuesta dejar de comer por falta de disciplina, de voluntad, o de motivación. Muchas veces, el problema se debe a una falta de conciencia a la hora de comer: alguien cree estar comiendo por hambre, cuando -en realidad- come porque está enojado, aburrido, preocupado, cansado, o deprimido.

Para evitar recurrir a la "terapia del refrigerador", una persona necesita hacer dos cosas: identificar cuándo está ante un apetito físico y cuándo ante uno emocional y desarrollar hábitos que le ayuden a combatir el segundo, como los siguientes:

- Llevar un "diario de alimentación": en él se puede registrar todo aquello que se come y cuánto, la hora y el lugar donde se come, la actividad que se está haciendo cuando se decide comer y los sentimientos experimentamos en ese momento.

- Identificar patrones en alimentación: si se come apenas se llega del trabajo; cuando se mira televisión; los fines de semana; cuando se comparte una reunión con otras personas; cuando se está solo; etc...

- Planear alternativas y modificar rutinas: si una persona sabe que sentarse frente al televisor significa hacerlo con un paquete de golosinas, puede probar salir a caminar, tomar un baño, telefonear a un amigo, leer un libro... cualquier actividad que le aleje de la comida.

- Tener un "refrigerador saludable": llenar el refrigerador de alimentos sanos -en lugar de comidas altas en grasas, azúcares, o calorías- es una forma de controlar el apetito emocional, ya que se reducirá la tentación. También se recomienda armar porciones pequeñas de alimentos, para disminuir las ingestas.

- Comer a conciencia: cuando se come, es mejor no estar haciendo otra cosa. Sentarse a la mesa tranquilamente, concentrarse en aquello que se está comiendo y levantarse cuando se está satisfecho. Si se continúa con hambre luego de comer, conviene esperar unos minutos antes de repetir. De esta forma, se podrá identificar si se trata de apetito real, o emocional.

- Pedir ayuda profesional: en caso de advertir -o sentir cercana- la posibilidad de desarrollar un desorden alimenticio como consecuencia de practicar continuamente la "terapia del refrigerador", conviene consultar con un nutricionista, o un psicólogo.

Existe un componente emocional en la alimentación, que no se puede -ni se debe- eludir. Las personas celebramos con comida y ocasionalmente comemos para gratificarnos, o para sentirnos mejor... y no hay nada de malo en ello. La situación se vuelve problemática cuando no somos conscientes de estas acciones y cuando comer se convierte en la principal estrategia para regular nuestros estados emocionales.

Hay muchas maneras de lidiar efectivamente con nuestras emociones. Sin dudas, la "terapia del refrigerador" no es una de ellas!

Padres adictos

Publicado el 30 de Enero, 2006, 13:13. en La Banda del Perjuicio.
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Consideramos "buen padre" a aquel preocupado por el bienestar de sus hijos, que les provee todo aquello que necesitan, que les ayuda a vencer sus dificultades y a resolver sus problemas, que les cuida y contiene, etc... Pero, así como este comportamiento puede ser sinónimo de una buena paternidad, puede esconder una peligrosa -y muy corriente- adicción!

Esta reflexión surge de contemplar la situación que viven muchos padres de hijos adultos, que continúan atendiéndoles, brindándoles comodidades y recursos, resolviéndoles problemas y cubriendo sus necesidades, a pesar de no existir un problema económico, de salud, o de otra índole.

Tras un primer análisis de esta situación, los padres pueden aparecer como "víctimas" de hijos dependientes, que se niegan a abandonar la comodidad y la seguridad del hogar paterno y continúan "viviendo de sus padres". Pero al pensarlo mejor, cabe preguntarse: ¿quién depende de quién?

Sostener una situación de "padre proveedor - hijo necesitado" cuando los hijos ya son personas adultas, muchas veces es manifestación de una hijo-dependencia: detrás del sostenimiento de la dependencia de los hijos hacia sus padres... se esconde la dependencia de los padres hacia sus hijos.

Hay padres que permiten -e incluso alientan- que sus hijos adultos sigan necesitando de ellos, porque sienten miedo de quedarse solos, de enfrentarse al "nido vacío". Al continuar atendiéndoles y tratándoles de la misma forma que cuando eran niños o adolescentes (y en algunos casos sobredimensionando esta atención), los padres se sienten más necesitados... más "padres". Los hijos -por su parte- se sienten más "hijos" (en cierta forma, más "niños"), al ver que sus padres están dispuestos a atenderles, cuidarles y satisfacerles diferentes necesidades. Esta prolongación de la relación "adulto-niño" les libra de enfrentar sus propios miedos, como el fracaso laboral o afectivo. Como resultado, se crea una complicidad entre ambos: los padres prefieren que sus hijos no "crezcan" y estos prefieren no "crecer".

Una de las mayores dificultades de la paternidad es adaptarse al crecimiento de los hijos. Cuando tienen ocho, seguimos tratándolos como si tuvieran tres, cuando tienen quince como si tuvieran ocho... y cuando alcanzan los treinta como si aún tuvieran quince! Nos cuesta aceptar que han crecido. Inconscientemente, deseamos que ese hombre -o esa mujer- sigan siendo el bebé que nos requería todo el tiempo. Este deseo nos lleva a perpetuar el rol de padres proveedores y protectores.

A ello se suma una incapacidad concreta: no sabemos ser padres de un adulto. No podemos visualizar otra función que no sea "criar" a un hijo. Como consecuencia, ejercemos nuestro rol frente a hijos adultos de la misma manera que lo hacíamos cuando eran niños.

La hijo-dependencia perjudica a padres e hijos, porque les impide su natural desarrollo. Así como -eventualmente- todo hijo necesita "romper el cordón" y comenzar su propia vida, todo padre necesita que su relación de pareja evolucione, recuperar espacios de intimidad perdidos tras la llegada de los hijos y retomar proyectos personales que quedaron postergados por la crianza de los niños. Para hacer posible esta evolución, es preciso transformar el rol de padres.

La paternidad requiere una transformación continua. Cuando nuestros hijos crecen y maduran hasta convertirse en adultos, como padres debemos evolucionar para acompañar ese crecimiento. Esta evolución comienza por reconocer que tenemos frente a nosotros a una persona adulta que necesita ser tratada como tal. Como cualquier adulto, tiene derechos y responsabilidades: el derecho de gozar de privacidad, de tomar sus propias decisiones, de vivir la vida que elija vivir y la responsabilidad de asumir compromisos con él mismo y con su entorno.

Desde luego, esta evolución es gradual. No podemos -de la noche a la mañana- pasar de tratar a nuestros hijos como niños, a tratarlos como adultos. Paulatinamente, con cada nueva etapa de la vida que ellos inician, nosotros debemos adaptar la forma en que les tratamos, las exigencias que les imponemos, los espacios de libertad que les concedemos y las necesidades que les cubrimos.

Una conocida frase dice: "Una vez padre... padre para siempre." Definitivamente, somos padres para siempre y jamás abandonaremos este rol... pero sí debemos adaptarlo. Que no recurramos a cubrir cada necesidad o a resolver cada problema que tienen nuestros hijos adultos, no nos hace menos padres. No es señal de una paternidad menos responsable, comprometida o activa, sino de una paternidad diferente: una paternidad adulta!


Para ejercer una paternidad adulta, necesitamos superar la hijo-dependencia y transformar una relación dependiente en una interdependiente, en la que padres e hijos interactuemos de igual a igual, nos respetemos mutuamente, nos ayudemos unos a otros, confiemos en nuestras capacidades y nos demos el suficiente espacio para crecer como personas.

Policía bueno, policía malo

Publicado el 23 de Enero, 2006, 12:38. en La Banda del Perjuicio.
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En las películas policiales, a menudo se muestra que un policía intimida y humilla al sospechoso y su compañero simpatiza con él, busca comprenderlo y lo trata con amabilidad. Esta dinámica se conoce popularmente como "policía bueno/policía malo".

Muchos padres caen en la dualidad bueno/malo cuando se relacionan con sus hijos, especialmente cuando intentan educarles. La madre cumple el rol de "policía bueno" y el padre el de "policía malo", o viceversa. Por ejemplo, ella perdona a sus hijos y él les castiga, o él se ríe de sus travesuras y ella se enfada. Podemos comprobar esta dinámica en las siguientes situaciones familiares:
Escena 1

Hijo: No aprobé historia.
Padre: Te prohibo salir, hasta que no sepas perfectamente todos los temas. Si la próxima no apruebas... ya verás!
Madre: No le hagas caso a tu padre que reacciona así porque está enojado, cuéntame qué te pasó...

Escena 2

Hija: ¿Puedo mirar esta película?
Madre: No, es prohibida para menores.
Padre: Déjala, sólo se ve un poco de sangre. Tu madre siempre exagera! Puedes verla.

Escena 3

Madre: Lucas, ¿por qué no saliste a jugar con tus amigos?
Hijo: Papá me castigó por arruinarle unos papeles y me dijo que no saldría en toda la semana.
Madre: Anda y juega un rato, prometo no decirle nada.
Es natural que un padre y una madre traten a sus hijos de forma diferente, ya que ellos son personas diferentes. El problema no es la existencia de diferencias, sino la polarización resultante cuando cada padre extrema su propio estilo y rigidiza su posición. Por ejemplo, la madre piensa que el padre es demasiado crítico y exigente. Entonces, ella se vuelve más contemplativa y permisiva. Comienza a desdecir los mandatos de su pareja y busca complacer a sus hijos. Por su parte, el padre percibe esta "suavidad" como perjudicial para los hijos (porque no contribuye con su educación) y para él mismo (ya que coloca a los niños en su contra). Como respuesta a ello, aumenta su dureza... a lo que la madre responde con más condescendencia!

Esta desalineación e incoherencia entre los padres asusta y confunde a los hijos. Ante las inseguridades y contradicciones de los adultos, los niños no saben cómo reaccionar. Algunos se sienten culpables por los conflictos entre sus padres; otros se esfuerzan por ser "el hijo perfecto"; otros se recluyen en una profunda depresión, que les aleja de sus padres y corta su comunicación; y hay hijos que deciden ignorar completamente a ambos padres y hacer aquello que les parece.

Evidentemente, estamos ante una situación que daña emocionalmente a los hijos y atenta contra la misión educadora de los padres. Para evitar estas indeseables consecuencias, ambos padres necesitan apartarse de los roles de "policía bueno" y "policía malo".

Como primer medida, cada uno debe reconocer su posición extrema y entender cómo perjudica su capacidad de liderazgo ante sus hijos. En segundo lugar, debe comprender que su pareja persigue sus mismos objetivos (criar hijos felices, responsables y sensatos), sólo que con otros medios. Luego, ambos padres deben acercarse y conversar sobre cómo están interactuando con sus hijos.

En su diálogo, padre y madre necesitan acordar un estilo de paternidad coherente en lo que refiere a reglas y disciplina. El "blando" debe aprender a hacer responsables a los hijos por sus faltas, en lugar de taparlas para evitar disgustarles. Por su parte, el "duro" debe aprender a considerar los sentimientos del niño, a perdonar y a educar, en lugar de apelar siempre a la acusación y el castigo.

En una familia unida, los padres dialogan acerca de los retos de la paternidad, buscan entenderse, respetar sus diferencias y alinear sus decisiones. A medida que su relación se vuelve más íntima con el paso de los años, ambos logran un equilibrio: se parecen cada vez más, comparten intereses y formas de hacer las cosas y construyen una relación más consistente.

La paternidad es un "trabajo en equipo", cuyo éxito depende de que padre y madre compartan expectativas, objetivos y criterios de decisión. Si deseamos ser mejores padres y lograr una influencia profunda y duradera en nuestros hijos, evitemos caer en la dualidad bueno/malo... y enviémosles un mensaje claro y unificado!

Diez mandamientos de un hijo a su padre...

Publicado el 21 de Enero, 2006, 12:31. en La Banda del Perjuicio.
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1-Mis manos son pequeñas, por favor no esperes perfección cuando tiendo la cama, hago un dibujo o lanzo la pelota. Mis piernas son pequeñas, por favor camina más lento para que pueda ir junto a ti.

2- Mis ojos no han visto el mundo como tú lo has visto, por favor, déjame explorarlo, no me limites innecesariamente.

3- El trabajo siempre estará allí. Yo seré pequeño solo por un corto tiempo, por favor, tómate un tiempo para explicarme las cosas maravillosas de este mundo y hazlo con alegría.

4- Mis sentimientos son frágiles, por favor está pendiente de mis necesidades, no me retes todo el día (a ti no te gustaría ser retado por ser tan duro)

Trátame como te gustaría a ti ser tratado.

5- Soy un regalo especial de Dios, por favor atesórame como Dios quiso que lo hicieras, respetando mis acciones, dándome principios y valores con los cuales vivir y enseñándome amorosamente.

6- Necesito tu apoyo y tu entusiasmo, no solo tus críticas, para crecer. Por favor, no seas tan estricto, recuerda, puedes criticar las cosas que hago sin criticarme a mí.

7- Por favor, dame libertad para tomar decisiones propias. Permite que me equivoque, para que pueda aprender de mis errores. Así algún día estaré preparado para tomar las decisiones que la vida requiere de mí.

8- Por favor, no hagas todo por mí. De alguna forma eso me hace sentir que mis esfuerzos no cumplieron con tus expectativas. Yo sé que es difícil, pero deja de compararme con mi hermano o hermana.

9- No temas alejarte de mí por un tiempito. Los niños necesitamos vacaciones de los padres, así como los padres necesitan vacaciones de sus hijos.

10- Llévame a la iglesia o dame ejemplos de vida espiritual. Yo disfruto aprendiendo.


¿Quién sabe mas: la modelo o tú?

Publicado el 5 de Diciembre, 2005, 14:48. en La Banda del Perjuicio.
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Una modelo despampanante participa en un programa de TV de preguntas y respuestas.

El presentador le hace las siguientes preguntas:

¿Cuánto duro La Guerra de los Cien Años: 103 años, 116 años, 100 años o 150 años?
La modelo utiliza el comodín y no responde.

¿En qué país se encuentra El Sombrero de Panamá: en Colombia, en Panamá, en Brasil o en Ecuador?
La modelo pide la ayuda del público.

¿En qué mes del año celebran los rusos La Revolución de Octubre: en Enero, en Septiembre, en Octubre o en Noviembre?
La modelo decide telefonear a una amiga (también modelo).

¿Cuál era el nombre del rey Jorge V: Alberto, Jorge, Carlos o Enrique?
La modelo utiliza su derecho a dar una respuesta irónica.

¿De qué animal proviene el nombre de las Islas Canarias: de las focas, de los canarios, de los caballos o de los canguros?
La modelo responde de los Canguros y es eliminada.


NOTA: Para tu información -y antes de que te apures a sentirte superior-, he aquí las respuestas correctas:

- La Guerra de los Cien Años duro 116 años. Exactamente de 1337 a 1453.

- El Sombrero de Panamá se encuentra en Ecuador.

- Los rusos celebran La Revolución de Octubre el 7 de Noviembre.

- El nombre de Jorge V era Alberto.

- El nombre de las Islas Canarias viene del latin Las Islas de las Canes.

El árbol

Publicado el 28 de Noviembre, 2005, 12:31. en La Banda del Perjuicio.
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Hace mucho tiempo existía un enorme árbol de manzanas. Un pequeño niño lo amaba mucho y todos los días jugaba alrededor de el. Trepaba al árbol hasta el tope, comia sus manzanas y tomaba una siesta bajo su sombra. El amaba al árbol, el árbol amaba al niño.

Paso el tiempo y el pequeño niño creció y el nunca más volvió a jugar alrededor del enorme del arbol. Un día el muchacho regreso al árbol y escucho que el árbol le dijo triste: ¿Vienes a jugar conmigo? pero el muchacho contesto "ya no soy el niño de antes que jugaba alrededor de enormes arboles. Lo que ahora quiero son juguetes y necesito dinero para comprarlos".

Lo siento dijo el árbol, pero no tengo dinero...Te sugiero que tomes todas mis manzanas y las vendas. De esta manera tu obtendrás el dinero para tus juguetes.

El muchacho se sintió muy feliz. Tomo todas las manzanas y obtuvo el dinero y el árbol volvió a ser feliz. Pero el muchacho nunca volvió después de obtener el dinero y el árbol volvió a estar triste....

Tiempo despues, el muchacho regreso y el árbol se puso feliz y le pegunto: ¿Vienes a jugar conmigo? No tengo tiempo para jugar. Debo de trabajar para mi familia. Necesito una casa para compartir con mi esposa e hijos. ¿Puedes ayudarme?

Lo siento pero no tengo una casa, pero.. tú puedes cortar mis ramas y construir tu casa. El joven corto todas las ramas del árbol y esto hizo feliz nuevamente al árbol.

El joven nunca más volvió desde esa vez y el árbol volvió a estar triste y solitario.

Cierto día de un cálido verano, el hombre regreso y el árbol estaba encantado, ¿Vienes a jugar Conmigo? le pregunto el árbol. El hombre le contesto: Estoy triste y volviéndome viejo. Quiero un bote para navegar y descansar. ¿Puedes darme uno?.

El árbol contesto: "usa mi tronco para que puedas construir uno y así puedas navegar y ser feliz". El hombre corto el tronco y construyo su bote. Luego se fue a navegar por un largo tiempo.

Finalmente regreso después de muchos años y el árbol le dijo: "Lo siento mucho, pero ya no tengo nada que darte ni siquiera manzanas". El hombre le replico: "No tengo dientes para morder, ni fuerza para escalar... Por que ahora estoy viejo". Entonces el árbol con lágrimas en los ojos le dijo: "Realmente no puedo darte nada... la única cosa que me queda son mis raíces muertas". Y el hombre contesto "Yo no necesito mucho ahora, sólo un lugar para descansar. Estoy tan cansado después de tantos años".

"Bueno, las viejas raíces de un árbol, son el mejor lugar para recostarse y descansar. Ven siéntate conmigo y descansa". El hombre se sentó junto al árbol y éste feliz y contento sonrió con lagrimas...

Esta puede ser la historia de cada uno de nosotros. El árbol son nuestros padres. Cuando somos niños, los amamos y jugamos con papá y mamá... cuando crecemos los dejamos... sólo regresamos a ellos cuando los necesitamos o estamos en problemas... No importa lo que sea, ellos siempre están allí para darnos todo lo que puedan y hacernos felices.


Poesía y juego poético... ¿Porqué?

Publicado el 26 de Noviembre, 2005, 12:24. en La Banda del Perjuicio.
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PORQUE... el juego poético desinhibe y devuelve al niño a ese mundo donde la memoria verbal, las fórmulas, las retahílas del lenguaje, la mímica, el gesto, etc. constituyen la magia y el ritual de los juegos infantiles.

     
PORQUE... a través de los juegos de tradición oral el niño pierde el miedo a la palabra. Habla delante de los demás y expresa ante ellos ideas, conceptos, sentimientos...
                        
PORQUE... la poesía infantil de tradición oral contiene secretos de mágicos sonidos que acompañan el juego de los niños.

                        
PORQUE... la persistencia de letanías sonoras responde a una profunda curiosidad o necesidad: la de apoderarse y construir el lenguaje a través del ritmo, a fijar en la memoria estructuras sonoras..

                        
PORQUE... a través del juego poético se crea una manera de poseer un misterioso mundo, un rodearse de huellas sonoras que se abren a múltiples significados.

                        
PORQUE... aproximarse al ritmo también puede significar transformar la palabra, darle una nueva vitalidad, descubrirla en todo su poder.

                        
PORQUE... es vital que los niños continúen jugando, transformando, multiplicando la palabra, su palabra.

PORQUE... a la cultura oficial de la escuela le hace falta la inyección de la memoria colectiva, del juego como aprendizaje esencial.

                       
PORQUE... al continuar ese proceso de transmisión, al recrear, combinar, añadir con su voz, con su memoria colectiva, se adueñan de todas las voces que a través del tiempo conforman la identidad cultural de un país.

                       
PORQUE... es importante que en el aula irrumpa la vida, la vida de las palabras, de los juegos rítmicos, por el absurdo, por el azar, que se acoja y recoja lo que aún guarda la frágil memoria de las grandes ciudades.

                       
PORQUE... paralelamente a la capacidad de expresión y comunicación, se desarrolla la capacidad de comprensión, no sólo de textos, sino de ideas, conceptos, pensamientos... que expresan los demás.

                        
PORQUE... gran parte de estos juegos se realizan en grupo. Es así como el lenguaje adquiere uso de herramienta social.

                        
PORQUE... el lenguaje poético es un lenguaje de aperturas, de posibilidades infinitas, universal e imposible de encuadrar dentro de un solo esquema de significado.


Una etapa crítica en nuestros hijos: Segunda parte

Publicado el 26 de Noviembre, 2005, 12:08. en La Banda del Perjuicio.
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La relación padres - hijos adolescentes

Muy pocos padres actuales salen ilesos del paso por la adolescencia de sus hijos. Mientras el adolescente atraviesa con la velocidad de un ciclón muchas etapas (crecimiento, presiones sociales, estados de ánimo, caprichos, etc...) los padres suelen sentir que van aguantando como pueden. Experimentan grandes ansiedades por el bienestar de su hijo adolescente. Antes, mientras los niños eran más pequeños, las relaciones eran más llevaderas y ahora, con la adolescencia, los problemas parecen crecer.

El desarrollo y los problemas de los adolescentes nos amenazan de muchas maneras. Debemos aprender a aceptar la amenaza y a manejar nuestros sentimientos con honestidad para resolver los problemas que se nos planteen con mayor efectividad. Esto es algo así como lo que debe hacer el psicólogo al terminar su carrera y antes de ponerse a trabajar en contacto con pacientes. Debe reconocer sus propias debilidades para poder atender sin mezclar en ello los propios sentimientos inspirados o movidos en él por muchos pacientes.

Así pues volviendo a la adolescencia, algunas de las cuestiones que formarían parte del examen conciliatorio a efectuar por parte de los padres para no mostrar ambigüedad de sentimientos en su relaciones con los adolescentes son las siguientes:

¿ Qué siento hacia mi hijo adolescente en este momento ?

¿ Qué significa un hijo adolescente para mí ?

¿ Veo a mi hijo adolescente como un seguro de futuro ante la soledad o las necesidades económicas de mi propia vida ?

¿ Quiero que él cumpla con mis expectativas y ambiciones ?

¿ No será que no me fío de él porque yo no era de fiar cuando tenía su edad ?

¿ Me hacen sentir menos capaz su juventud, su vitalidad y las promesas que encierra su vida ?

¿ No le exigiré más por la angustia que a mí me produce el paso del tiempo ?

¿ Tengo miedo de perder el control y el poder que ejerzo sobre él ?

Como padre o madre debes responder honestamente a las preguntas formuladas arriba pues de esta manera se abrirá para ustedes el camino para aceptarse y aceptar a sus hijos adolescentes como seres humanos.

Sabiendo como piensas, que sientes hacia él, podrás ayudarle a plantear comportamientos que sean la base de un respeto mutuo.

Si puedes verte como persona primero, y como padre después, probablemente serás capaz de nutrir a tu hijo de una forma más completa.


Una etapa crítica en nuestros hijos: Primera parte

Publicado el 26 de Noviembre, 2005, 12:04. en La Banda del Perjuicio.
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Cualquiera que hable con gente joven sabe que la etapa de la adolescencia, de los 12 a los 18 años, es un periodo crítico. A los padres y a los maestros de los quinceañeros no habrá que recordarles las frustraciones y las impotencias que han podido experimentar a causa de los ajustes y los problemas de los adolescentes en esa etapa.

El niño entra en la adolescencia con buena parte de los sentimientos, actitudes, capacidades y dependencias de su vida anterior, y lo normal es esperar que culmine esta etapa completamente preparado para comportarse como una persona responsable en el mundo adulto. Pero lo cierto es que esa preparación suele ser poco adecuada; la mayoría de los jóvenes se pasa la década de sus veinte años intentando corregir las carencias que encuentran en su habilidades, en la confianza y en el conocimiento de sí mismos, huecos que no pudieron rellenar durante su época de adolescentes.

La adolescencia es la última etapa en la que los padres y educadores pueden tomar parte activa y ayudar a los hijos a sentar sus caminos vitales; la última etapa en la que podemos ser ejemplo cotidiano, aconsejar, organizar actividades familiares, ofrecer variadas oportunidades y mantenernos en contacto con el proceso educativo. Cuando la adolescencia finaliza, la mayoría de los jóvenes se pone a trabajar, va a la universidad o se casa; o lo que es lo mismo, entra en un mundo totalmente suyo. Y nosotros debemos estar dispuestos a darles rienda suelta para que vivan su vida lo mejor posible, amándoles y ayudándoles a distancia.

Uno de los recursos más importantes con que se puede dotar a un adolescente es el sentimiento de su propia valía, precisamente en estos tiempos de cambios rápidos y de desorganización familiar. Este sentimiento es una fuerza que el adolescente lleva en su interior y si está bien arraigado y el sabe como conservarlo en buenas condiciones, le acompañará siempre y podrá fiarse de él durante toda su vida.


Lo que aprendí cuando fuí niño

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