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La globalización de la economía ha contribuido a que exista una alta movilidad laboral. Cada vez más personas se radican en otro lugar para ampliar su horizonte profesional, o para obtener nuevas oportunidades.
Pero vivir en otro país, es una de las transiciones más complejas y difíciles para una persona: además de instalarse en un nuevo lugar, debe enfrentar una nueva carrera, acomodar a la familia, aprender un lenguaje, construir una vida social, incorporar nuevas costumbres, etc... Toda persona que se va a vivir a otro país, experimenta una situación que suele denominarse "choque cultural". Cada quien vive esta experiencia a su manera, pero todos la "sufren" desde que descienden del avión.
Para adaptarnos a un nuevo ambiente cultural, necesitamos atravesar un "proceso de ajuste cultural". Podemos dividir este proceso en cuatro grandes etapas:
Entusiasmo: es frecuente llegar a un nuevo país con grandes expectativas y una mentalidad positiva. Al comienzo, todo resulta emocionante e intrigante. Nos sentimos impresionados por las cosas nuevas que vemos y estamos convencidos de que ésta es una oportunidad personal y profesional extraordinaria. Como en una luna de miel, la promesa de iniciar una nueva vida aparece colmada de esperanza y felicidad.
Incomodidad: gradualmente, pasamos a advertir más las diferencias que las similitudes entre nuestra cultura y la nueva. Una de las primeras sensaciones es la pérdida de independencia: nos sentimos como un niño porque debemos pedir ayuda para todo. Estas limitaciones se manifiestan todo el tiempo y resultan irritantes. Hasta las pequeñas dificultades cotidianas se convierten en catástrofes. Además, extrañamos la familia, los amigos, la comida, las costumbres, etc... Todo ello hace que ésta sea una etapa de gran confusión y soledad.
Recuperación: una vez que comenzamos a orientarnos y somos capaces de interpretar algunas de las "sutilezas" de la cultura local, todo nos resulta más familiar. Nos sentimos más cómodos y menos aislados. Poco a poco, recuperamos el sentido del humor, la motivación, la confianza y la esperanza. Como resultado, empezamos a concentrarnos más en aquello que ganamos con la nueva experiencia, que en aquello que perdemos.
Integración: la recuperación definitiva se produce cuando descubrimos que podemos vivir en diferentes culturas con seguridad. Adquirimos muchas costumbres, expresiones y actitudes de la nueva cultura, que incluso llegaremos a extrañar si regresamos a nuestro país.
Estas fases son muy comunes y conocerlas contribuye a reducir el estrés, a proteger la autoestima y a ser más productivos en el nuevo entorno. No asumir -ni enfrentar- el impacto cultural puede ocasionarnos muchos problemas: puede afectar nuestra vida familiar, nuestro estado anímico, nuestro rendimiento laboral y nuestras metas.
Las siguientes, son algunas recomendaciones para atenuar el estrés que causa el impacto cultural:
Investigar el destino: ¿cuáles son las costumbres y el lenguaje de este país? ¿Dónde están las escuelas, las tiendas, los lugares de esparcimiento? ¿Se necesita documentación legal -o impositiva- especial? ¿Cómo se adaptará nuestra familia? Para obtener esta información, podemos investigar en Internet, visitar la embajada local del país, consultar con un agente de viajes, o hablar con otras personas que hayan vivido allí. Saber todo lo posible sobre la nueva cultura, ayuda a entender aquello que resulta difícil, confuso, o amenazante y contribuye a desarrollar una actitud positiva.
Establecer metas: antes de viajar, es conveniente fijar metas que sean importantes para nosotros. Escribirlas en un diario es un buen recurso para repasarlas cada vez que nos sintamos desanimados, o desesperados. Además, crear pequeñas metas en el nuevo entorno -cosas para hacer día a día- nos ayudará a integrarnos a la nueva cultura.
Comunicarse prudentemente: es muy común dar por hecho que nuestra forma de ser amables, gentiles, groseros, distantes, o amigables, debe ser entendida por todos. Pero esta regla pierde validez cuando cruzamos la frontera. Muchos de los significados compartidos en nuestra cultura, no serán entendidos en el nuevo ambiente. De manera similar, tampoco nosotros captaremos las sutilezas de la comunicación de otro lugar. Por lo tanto, es necesario aprender a escuchar profundamente a todos y ser claros en aquello que pedimos, u ofrecemos. También, es preciso interpretar los gestos, las expresiones y el lenguaje corporal de las personas oriundas del lugar.
Abrirse a los demás: confiar en los demás y preguntarles acerca de su forma de vida, ayuda a comprenderles y evita hacer observaciones críticas apresuradas. Es preciso conectarse con otras personas, porque el sentimiento de aislamiento es la peor amenaza para un extranjero. Una posibilidad es identificar a un "anfitrión" de nuestro país -un vecino, un compañero de trabajo, etc.- que sea amable y esté dispuesto a hablar acerca de sus vivencias y de la manera en que se adaptó al lugar. Tan pronto como podamos, procuremos crear una fuerte comunidad y fortalecer las relaciones con las personas que vayamos conociendo.
Mantenerse saludable: realizar ejercicios, alimentarse bien y dormir suficiente cantidad de horas, ayuda a combatir los síntomas físicos de la adaptación cultural. También es importante mantener el humor, porque en situaciones difíciles -o poco familiares- es mejor pensar positivamente, que quejarse todo el tiempo.
Mirar hacia adelante: cuando alguien se radica en otro país, es muy frecuente que recuerde en todo momento "aquellos buenos tiempos" y se encierre en el pasado. Pero es más saludable concentrarse en el presente y en las metas futuras. Ello ayuda a suavizar el impacto cultural.
Tener paciencia: experimentar un "choque" cultural es normal y -como toda transición- resulta difícil.
Finalmente, una condición fundamental para adaptarse a una nueva cultura es mirar más allá de la "fachada" de las personas (su aspecto físico, su vestimenta, su forma de hablar, etc...) y aprender a entender sus actitudes. Si logramos esto, descubriremos que todo el mundo comparte las mismas emociones y necesidades humanas, sólo que las expresa de manera diferente. Cuando se vive en otro país, los estereotipos son más peligrosos que nunca.
Conocer otra cultura es una experiencia enriquecedora, que no sólo contribuye a entender a los demás. A un nivel más profundo, vivir en otro país, aumenta nuestra habilidad para vernos a nosotros mismos -y a nuestras vidas-... desde otro lugar.
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