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16 de Enero, 2006
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Publicado el 16 de Enero, 2006, 13:47.
en General.
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Un Sultán soñó que había perdido todos los dientes.
Después de despertar, ordenó llamar a un Sabio para que interpretase su sueño.
- ¡Qué desgracia Mi Señor! - exclamó el Sabio.
- Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad.
- ¡Qué insolencia! - gritó el Sultán enfurecido
¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa?
- ¡Fuera de aquí!
Llamó a su guardia y encargó que le dieran cien latigazos.
Más tarde mandó que le trajesen a otro Sabio y le contó lo que había soñado.
Este, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo:
- ¡Excelso Señor!
Gran felicidad os ha sido reservada.
El sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes. Se iluminó el semblante del Sultán con una gran sonrisa y ordenó que le dieran cien monedas de oro.
Cuando éste salía del Palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado:
- ¡No es posible!
La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que el primer Sabio. No entiendo porque al primero le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro.
- Recuerda bien amigo mío - respondió el segundo Sabio: "Que todo depende de la forma en el decir... uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse".
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Publicado el 16 de Enero, 2006, 13:42.
en Humor.
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Una gallina pone un huevo de MEDIO KILOGRAMO. Prensa, televisión, entrevistas..., todos detrás de la gallina.
- ¿Cómo ha logrado esa hazaña, Sra. Gallina?
- Secreto de familia...
- ¿Planes para el futuro?
- Poner un huevo de un kilo.
Los flashes de las cámaras se ensañan también con el gallo...
- ¿Cómo han logrado semejante hazaña, Sr. Gallo?
- Secreto de familia...
- Planes futuros?
- ¡¡Partirle la cara al avestruz...!!
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Publicado el 16 de Enero, 2006, 13:34.
en Debate.
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Nos desvelamos por ellos. Los cuidamos, los alimentamos, los llevamos de paseo, a la escuela, a practicar algún deporte, le damos lo que piden... Hacemos de todo y hasta más... por ellos. Definitivamente, daríamos cualquier cosa por ver felices a nuestros hijos.
Pero muchas veces, los padres nos sentimos impotentes. Frente a distintas circunstancias, no sabemos qué hacer, sentimos que perdemos el control, o -simplemente- nos preguntamos si actuamos de la mejor manera. En estos casos, confiamos en que nuestro amor, nuestro cuidado y nuestras buenas intenciones nos ayuden...
Sin embargo en otras áreas, cuando sentimos que no sabemos algo, que no somos capaces, o que no tenemos un determinado conocimiento, hacemos algo más concreto: pensamos inmediatamente en capacitarnos y adquirir las habilidades que necesitamos. No es tan común pensar en capacitarnos como padres... a pesar de ser esto, lo más importante que podamos hacer.
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Publicado el 16 de Enero, 2006, 13:31.
en El Custodio por la Paz.
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Recientemente estuve en Nueva York y tomé un taxi con un amigo. Cuando salimos del coche, mi amigo le dijo al taxista:
- Gracias por el viaje. Ha conducido muy bien.
El taxista sé quedó muy sorprendido durante unos segundos y después le respondió:
- Te crees muy listo, ¿no?
- No, tranquilo, no me estoy metiendo con usted. Admiro su forma de mantener la calma con un tráfico tan terrible.
- Bueno, sí... - dijo el taxista antes de arrancar y marcharse.
- ¿A qué venía eso? - le pregunté a mi amigo.
- Estoy intentando hacer regresar el amor a Nueva York -me contestó-. Creo que es lo único que puede salvar la ciudad.
- ¿Cómo puede un hombre salvar una ciudad?
- No es sólo un hombre. Creo que he conseguido alegrar el día al taxista. Supongamos que tiene veinte pasajeros. Será amable con los veinte porque alguien ha sido amable con él. A su vez, estos pasajeros serán amables con sus empleados, dependientes, camareros e incluso sus propias familias que, a su vez, serán amables con otras personas. La amabilidad puede alcanzar al menos a mil personas. ¿No está mal, verdad?
- Pero todo depende de que ese taxista transmita tu amabilidad a los demás.
- No dependo de él -respondió mí amigo-. Soy consciente de que el sistema no está hecho a prueba de insensatos. Es posible que hoy hable con diez personas diferentes. Si puedo conseguir que tres de esas diez personas sean felices, es posible que indirectamente influya en la actitud de tres mil más.
- La teoría suena muy bien -admití-, pero no estoy seguro de que la práctica funcione.
- Por intentarlo no se pierde nada. No he necesitado malgastar mi tiempo para decirle al taxista que estaba haciendo un buen trabajo, y él no ha recibido una propina muy buena ni muy mala. Si mis palabras fueron a parar a oídos sordos, ¿qué he perdido con ello? Mañana puedo intentar hacer feliz a otro taxista.
- Me parece que estás un poco chiflado -le dije.
- Eso demuestra lo cínico que has llegado a ser. He hecho un estudio: al parecer, lo que les falta a los empleados de correos, aparte de un aumento de sueldo, es que la gente les diga que hacen un buen trabajo.
- Pero es que no están haciendo un buen trabajo...
- No lo hacen porque sienten que a nadie le importa si trabajan bien o no. ¿Por qué nadie les dirige una palabra amable?
Pasamos junto a un edificio en construcción. Había cinco obreros descansando y mi amigo se detuvo.
- Han hecho un fantástico trabajo. Debe de ser una profesión difícil y peligrosa.
Los cinco hombres le miraron con recelo.
- ¿Cuándo estará terminado?
- En octubre - gruñó uno de ellos.
- ¡Ah! Es realmente impresionante. Seguro que todos están muy orgullosos.
Cuando nos alejamos, le dije:
- No había visto a nadie como tú desde Don Quijote.
- Cuando esos hombres digieran mis palabras, seguro que se sentirán mejor. De un modo u otro, la ciudad se beneficiará de su felicidad.
- ¡Pero no puedes hacerlo todo tú solo! -protesté-. ¡Sólo eres un hombre!
- Lo más importante es no desanimarse. Conseguir que los habitantes de la ciudad vuelvan a ser amables no es nada fácil, pero puedo animar a otras personas a luchar por mi causa...
- ¡Acabas de guiñar el ojo a una mujer bastante fea!
-SÍ, ya lo sé -replicó-. Y si es maestra, sus alumnos tal vez asistirán a una de las mejores clases de su vida.
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Publicado el 16 de Enero, 2006, 13:19.
en Humor.
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Y Dios pobló la tierra con espinacas, coliflores, brócolis, y todo tipo de vegetales, para que el Hombre y la Mujer pudieran alimentarse y llevar una vida sana.
Y Satanás creó McDonald's.
Y McDonald's creó el Big Mac.
Y Satanás dijo al Hombre: "¿Lo quieres con papas y coca cola?"
Y el Hombre dijo: "Tamaño grande".
Y el Hombre engordó.
Y Dios dijo: "Tomad yogurt, para que la Mujer conserve la silueta que he creado con la costilla del Hombre".
Y Satanás creó el chocolate.
Y la Mujer engordó.
Y creó Dios las ensaladas, y el aceite de oliva.
Y vió que estaba bien.
Y Satanás hizo el helado.
Y la Mujer engordó.
Y Dios dijo: "Mirad que les he dado frutas en abundancia, que les servirán de alimento."
Y Satanás inventó los huevos revueltos con tocino.
Y el Hombre engordó, y su colesterol malo se fue por las nubes.
Y creó Dios las zapatillas deportivas, y el Hombre decidió correr, para perder los kilos demás.
Y Satanás concibió la televisión por satélite.
Y agregó el mando a distancia, para que el Hombre no tuviese que cambiar de canal con el sudor de su frente.
Y el Hombre aumentó de peso.
Y Satanás dijo a la Mujer: "Son apetecibles a la vista del Hombre unos aperitivos".
Y la Mujer le acercó al Hombre papitas fritas, palitos salados, cortezas, chorizo y una cerveza.
Y el Hombre, aferrado al mando a distancia, comió los aperitivos, que eran abundantes en colesterol.
Y vió Satanás que estaba bien.
Y el Hombre llegó a tener las coronarias obstruidas.
Y dijo Dios: "No es bueno que el Hombre tenga un infarto."
Y entonces creó el cateterismo y la cirugía cardiovascular, y las unidades coronarias.
Y Satanás creó... la Seguridad Social.
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Publicado el 16 de Enero, 2006, 13:01.
en Alexa.
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| Dos amigos marineros viajaban en un buque carguero por todo el mundo, y andaban todo el tiempo juntos. Así que, esperaban la llegada a cada puerto para bajar a tierra, encontrarse con mujeres, beber y divertirse. Un día llegan a una isla perdida en el Pacífico, desembarcan y se van al pueblo para aprovechar las pocas horas que iban a permanecer en tierra.
En el camino se cruzan con una mujer que está arrodillada en un pequeño río lavando ropa. Uno de ellos se detiene y le dice al otro que lo espere, que quiere conocer y conversar con esa mujer. El amigo, al verla y notar que esa mujer no es nada del otro mundo, le dice que para qué, si en el pueblo seguramente iban a encontrar chicas más lindas, más dispuestas y divertidas.
Sin embargo, sin escucharlo, el primero se acerca a la mujer y comienza a hablarle y preguntarle sobre su vida y sus costumbres. Cómo se llama, qué es lo que hace, cuantos años tiene, si puede acompañarlo a caminar por la isla. La mujer escucha cada pregunta sin responder ni dejar de lavar la ropa, hasta que finalmente le dice al marinero que las costumbres del lugar le impiden hablar con un hombre, salvo que este manifieste la intención de casarse con ella, y en ese caso debe hablar primero con su padre, que es el jefe o patriarca del pueblo.
El hombre la mira y le dice: "Está bien. Llévame ante tu padre. Quiero casarme contigo". El amigo, cuando escucha esto, no lo puede creer. Piensa que es una broma, un truco de su amigo para entablar relación con esa mujer. Y le dice: "¿Para qué tanto lío? Hay un montón de mujeres más lindas en el pueblo. ¿Para qué tomarse tanto trabajo?". El hombre le responde: "No es una broma. Me quiero casar con ella. Quiero ver a su padre para pedir su mano". Su amigo, más sorprendido aún, siguió insistiendo con argumentos tipo: "¿Tú estás loco?", "¿Qué le viste?", "¿Qué te pasó?", "¿Seguro que no tomaste nada?" y cosas por el estilo. Pero el hombre, como si no escuchase a su amigo, siguió a la mujer hasta el encuentro con el patriarca de la aldea.
El hombre le explica que habían llegado recién a esa isla, y que le venía a manifestar su interés de casarse con una de sus hijas. El jefe de la tribu lo escucha y le dice que en esa aldea la costumbre era pagar una dote por la mujer que se elegía para casarse. Le explica que tiene varias hijas, y que el valor de la dote varía según las bondades de cada una de ellas, por las más hermosas y más jóvenes se debía pagar 9 tesoros, las había no tan hermosas y jóvenes, pero que eran excelentes cuidando los niños, que costaban 8 tesoros, y así disminuía el valor de la dote al tener menos virtudes.
El marino le explica que entre las mujeres de la tribu había elegido a una que vió lavando ropa en un arroyo, y el jefe le dice que esa mujer, por no ser tan agraciada, le podría costar 1 tesoro. "Está bien" respondió el hombre, "me quedo con la mujer que elegí y pago por ella nueve tesoros".
El padre de la mujer, al escucharlo, le dijo: "Ud. no entiende. La mujer que eligió cuesta un tesoro, mis otras hijas, más jóvenes, cuestan nueve tesoros".
"Entiendo muy bien", respondió nuevamente el hombre, "me quedo con la mujer que elegí y pago por ella nueve tesoros".
Ante la insistencia del hombre, el padre, pensando que siempre aparece un loco, aceptó y de inmediato comenzaron los preparativos para la boda, que iba a realizarse lo antes posible. El marinero amigo no lo podía creer. Pensó que el hombre había enloquecido de repente, que se había enfermado, que se había contagiado una rara fiebre tropical. No aceptaba que una amistad de tantos años se iba a terminar en unas pocas horas. Que él partiría y su mejor amigo se quedaría en una perdida islita de Pacífico. Finalmente, la ceremonia se realizó, el hombre se casó con la mujer nativa, su amigo fue testigo de la boda y a la mañana siguiente, partió en el barco, dejando en esa isla a su amigo de toda la vida.
El tiempo pasó, el marinero siguió recorriendo mares y puertos a bordo de los barcos cargueros más diversos y siempre recordaba a su amigo y se preguntaba: ¿qué estaría haciendo?, ¿cómo sería su vida?, ¿viviría aún?. Un día, el itinerario de un viaje lo llevó al mismo puerto donde años atrás se había despedido de su amigo. Estaba ansioso por saber de él, por verlo, abrazarlo, conversar y saber de su vida. Así es que, en cuanto el barco amarró, saltó al muelle y comenzó a caminar apurado hacia el pueblo. ¿Donde estaría su amigo?, ¿Seguiría en la isla?, ¿Se habría acostumbrado a esa vida o tal vez se habría ido en otro barco?.
De camino al pueblo, se cruzó con un grupo de gente que venía caminando por la playa, en un espectáculo magnífico. Entre todos, llevaban en alto y sentada en una silla a una mujer bellísima. Todos cantaban hermosas canciones y obsequiaban flores a la mujer y esta los retribuía con pétalos y guirnaldas. El marinero se quedó quieto, parado en el camino hasta que el cortejo se perdió de su vista. Luego, retomó su senda en busca de su amigo. Al poco tiempo, lo encontró. Se saludaron y abrazaron como lo hacen dos buenos amigos que no se ven durante mucho tiempo. El marinero no paraba de preguntar: ¿Y cómo te fue?, ¿Te acostumbraste a vivir aquí?, ¿Te gusta esta vida?, ¿No quieres volver?.
Finalmente se anima a preguntarle: ¿Y como está tu esposa? Al escuchar esa pregunta, su amigo le respondió: "Muy bien, espléndida. Es más, creo que la viste llevada en andas por un grupo de gente en la playa que festejaba su cumpleaños". El marinero, al escuchar esto y recordando a la mujer insulsa que años atrás encontraron lavando ropa, pregunto: "Entonces, ¿te separaste?, no, es la misma mujer que yo conocí, ¿no es cierto?. "Si" dijo su amigo, "es la misma mujer que encontramos lavando ropa hace años atrás". "Pero, es muchísimo más hermosa, femenina y agradable, ¿cómo puede ser?", preguntó el marinero. "Muy sencillo" respondió su amigo. "Me pidieron de dote un tesoro por ella, y ella creía que valía un tesoro. Pero yo pagué por ella nueve tesoros, ¡Todo lo que tenía!, ¡Si me hubieran pedido más tesoros, habría ido en su busca para luego regresar por ella!, la traté y consideré siempre como una mujer por la que entregué toda mi riqueza. La amé con todo mi corazón y ella se transformó en una mujer de diez tesoros".
"El hombre con su amor embellece a la mujer".
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Publicado el 16 de Enero, 2006, 12:32.
en Humor.
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Al Padre Pascual le estaban haciendo su cena de despedida por 25 años de trabajo en una Parroquia. Un político miembro de la comunidad fue invitado para dar un breve discurso.
Como el político tardó en llegar, el sacerdote decidió dar unas palabras él mismo para llenar el tiempo.
"Mi primera impresión de la Parroquia la tuve con la primera confesión que me tocó escuchar. Pensé que me había enviado el Obispo a un lugar terrible, ya que la primera persona que se confesó me dijo que se había robado un televisor, que les había robado dinero a sus papás, había robado también en la empresa donde trabajaba, además de tener aventuras sexuales con la esposa de su jefe. También en ocasiones se dedicaba al tráfico y a la venta de drogas. Y para finalizar, confesó que le había trasmitido una enfermedad venérea a su propia hermana. Me quedé asombrado, asustadísimo... Pero cuando transcurrió un tiempo, fui conociendo más gente y vi que no eran todos así... vi una parroquia llena de gente responsable, con valores, comprometida con su fe. Y así he vivido los 25 años más maravillosos de mi sacerdocio".
Justamente en este momento llegó el político, por lo que se le dio la palabra. Por supuesto, pidió disculpas por llegar tarde, y empezó a hablar diciendo:
"Nunca voy a olvidar el primer día que llegó el Padre a nuestra parroquia... De hecho, tuve el honor de ser el primero que se confesó con él...".
Moraleja: Nunca llegues tarde!
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Publicado el 16 de Enero, 2006, 12:27.
en Efectividad.
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Si preguntásemos al líder de una organización en qué consiste su trabajo, muy probablemente nos respondería que en tomar decisiones, diseñar estrategias y administrar procesos, recursos y personas. Ciertamente, un líder hace todo esto...
Pero bajo estas tareas existe una fundamental, de la cual muchos líderes no son conscientes: la generación de compromisos. Desde que llega a la empresa hasta que se retira al finalizar la jornada, un líder establece permanentes compromisos: con el personal, con los clientes, con sus colegas, con los socios del negocio, con la competencia, con la comunidad en su conjunto... y con él mismo!
Un compromiso es un acto que obliga a realizar una determinada acción -o a seguir una determinada conducta- en el futuro. De alguna manera, un compromiso es un "mensaje" que se envía del presente hacia el futuro. Por ejemplo, en el matrimonio una pareja se "obliga" a amarse durante toda la vida. Asimismo, cuando se firma un contrato laboral, tanto el empleador como el empleado están diciendo que cumplirán con su parte durante el tiempo que fije ese acuerdo.
Los compromisos pueden ser de dos tipos: explícitos o tácitos. Los explícitos son aquellos evidentes, que consisten en decir "me comprometo a....", en firmar un contrato, o en realizar una promesa. Los tácitos -en cambio- no son tan evidentes, porque se esconden detrás de otros actos.
Es importante comprender los compromisos tácitos, porque son tanto -o más- frecuentes en el trabajo de un líder que los explícitos. Con cada decisión que toma y cada estrategia que define, un líder compromete -de manera tácita- a su organización a comportarse de determinada manera en el futuro. Así, cuando invierte en una tecnología, entra a un nuevo negocio, incorpora un innovador método de producción, contrata o despide personal, o se asocia a otra compañía, está generando compromisos. Con cada una de sus gestiones, el líder no sólo establece compromisos explícitos (por ejemplo, la firma de contratos), sino también compromisos tácitos hacia determinado paradigma, proyecto o visión de empresa.
Un líder también se compromete cuando crea y refuerza las estructuras y los sistemas organizacionales. Por ejemplo, si implementa un sistema de medición del desempeño, o de remuneración, está comprometiéndose (e induciendo una obligación en el personal) a actuar de determinada manera y a obtener ciertos resultados.
Finalmente, a través de sus diferentes comunicaciones internas y externas, un líder crea compromisos. Por ejemplo, en una declaración pública puede comprometer a su organización en determinada dirección, simplemente por anunciar una alianza, ofrecer ayuda a la comunidad, o mostrarse a favor -o en contra- de terminada tendencia de la industria. También, en algo tan trivial como puede parecer un discurso de fin de año, un líder puede comprometerse con determinada "visión" ante el personal de la compañía.
Todas éstas son formas de compromisos tácitos que están presentes en el trabajo diario de un líder, aunque pocos lo adviertan.
Crear compromisos -tanto explícitos, como tácitos- reporta beneficios para un líder y para su organización. Un compromiso contribuye con el logro de la misión, la visión, los valores y la estrategia de una organización, tanto externa como internamente. Puede inclinar a los clientes a comprar un producto, desalentar a la competencia de ingresar en determinado mercado y atraer socios al negocio. Además, puede aumentar la confianza y la moral del personal y orientar su atención hacia aquellas actividades que generan valor.
Sin embargo, los compromisos también implican riesgos, ya que un líder puede sentirse obligado a persistir en un curso de acción, a pesar de que las circunstancias exijan un cambio de dirección. Cuando esto sucede, toda la organización puede resultar perjudicada. Más de una vez escuchamos líderes que deben "desdecirse" y organizaciones que rompen compromisos por una cuestión de supervivencia (por ejemplo, despiden empleados). Estas situaciones son altamente inefectivas, porque arrastran un costo operativo, estratégico y -sobre todo- ético, ya que restan credibilidad a un líder y a su organización.
Uno de los mayores peligros que encierra un compromiso es perpetuar una creencia o una visión de la realidad, más allá de su "ciclo de vida". La mayoría de los compromisos que genera un líder (especialmente aquellos tácitos) responden a algo que él cree o ve, que le lleva a actuar de determinada manera. Sin embargo, esas ideas pueden ser erróneas, o perder sentido con el paso del tiempo. Por ejemplo, tal vez un líder haya comprometido -en actos y en palabras- a su organización a trabajar bajo determinada estructura y con procesos definidos de cierta forma, creyendo que ese era el "modelo" de organización correcto, o que esas "fórmulas" perdurarían por siempre. Ante cambios en el entorno, esos compromisos pueden atentar contra el sostenimiento de la organización.
El permanente cambio que viven las personas, organizaciones y comunidades, obliga a los líderes a prestar mucha atención a los compromisos que realizan, en especial a aquellos tácitos. Lamentablemente, esto no sucede a menudo porque -atrapados por las presiones y problemas cotidianos- muchos líderes descuidan las consecuencias de sus acciones presentes en el futuro. Concretamente, no advierten los condicionamientos a largo plazo que impone ese accionar. Es decir, no toman conciencia del tipo de compromisos que crea cada acción que realizan.
Cuando los líderes comprenden que prácticamente todas sus acciones encierran compromisos, comienzan a verlas como "mensajes" que envían del presente hacia el futuro: cada cosa que hacen hoy, dice algo que resonará mañana y que condicionará aquello que hagan mañana.
Todo líder que desee actuar responsablemente y evitar problemas en el futuro, debe preguntarse, día a día: ¿A qué me obligan mis acciones actuales? ¿Qué tipo de futuro estoy construyendo con este presente? ¿Qué está diciendo... aquello que estoy haciendo? ¿Con qué estoy comprometiéndome? Comprender los compromisos que se asumen y las condiciones bajo las cuales se asumen... es practicar un liderazgo comprometido.
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